6.25.2009

adios a la ciudad

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Un día me contrataron para dibujar una ciudad a la que yo nunca había ido, y a la que dibujé de oídas, de referencias de terceros, de voces distantes en idiomas extranjeros, fue un trabajo difícil, pero muy bien pago, el último trabajo que hice para clientes antes de dedicarme únicamente a mis propios proyectos. Los funcionarios de la ciudad quedaron contentos con el trabajo, y, ellos lo dijeron, sorprendidos del retrato hablado conseguido. El día que visité la ciudad la encontré muy distinta, y muy parecida, a la que me había imaginado en dibujos, más fría y más cálida, más triste y más vital, llena de edificios antiguos y tragedias modernas, de ruidos y de silencios.
Ahora los años han pasado, hoy dejo la ciudad, que se ha vuelto un poco mía, si la dibujara ahora sería muy distinta a como la hice antes, me preocuparía por mostrar los riachuelos con patos, los lagos con los cisnes y las gaviotas en los muelles, los ancianos, los niños, las mujeres y los hombres de todos los colores y todas las razas, los mendigos y los músicos callejeros, seguramente no sería un retrato del agrado de los funcionarios, pero de todas formas yo no lo haría por el dinero.

6.16.2009

almas amputadas

El día que llegué a la ciudad, encontraron el cadáver del panadero de la esquina al lado del río. El panadero había contraído una serie de cuantiosas deudas para remodelar su negocio, comprar un nuevo horno y demás, luego la recesión lo dejó en la bancarrota, y al parecer no quizo afrontar lo que le venía encima. Al día siguiente, el barbero que tiene su negocio dos cuadras más arriba decidió dejar de mentir y le presentó a su esposa a su amante, y le dijo que se iban a divorciar, acto seguido, su mujer subió a la casa, que quedaba en el piso de arriba de la barbería, y se voló los sesos. Al otro día, acompañé a mi amigo Jacques, que se quiere mudar, a ver un apartamento que quedaba a otras tres cuadras, era un apartamento relativamente lujoso, amoblado, con bibliotecas llenas de libros y un montón de cuadros en las paredes, el precio del alquiler se me hizo muy barato, Jacques me explicó que el inquilino anterior se había ahorcado, y que su mujer, que era la que nos mostraba el apartamento, quería alejarse a toda prisa de aquel lugar. Me gustaba ese apartamento, era grande, moderno para la zona en la que estaba, más con un aire de apartamento neoyorquino que de campiña francesa, me recordaba el apartamento donde viven Mia Farrow y John Casavettes en el Bebé de Rosemary. El inquilino suicida era un amante del cine, tenía una colección de viejas cámaras de 16mm, latas de películas, libros de Mario Puzzo, más los dvd de las películas del Padrino, biografías de Hitchcock y de Visconti, pero lo que más me gustaba era que en la pared había un original de Enki Bilal, firmado. Cuando salimos Jacques me pidió que no le contara a su mujer lo del suicidio, me dijo que en ese barrio la mayoría de las casas tenían más de 300 años y que en ellas había pasado de todo, pero no era necesario impresionarla a ella, yo le dí la razón. De todos modos, entiendo que cuando su esposa vio el apartamento no le gustó.

Al otro día Jacques perdió la llave del seguro de su bicicleta (en parte por mi culpa, ya que la había sacado de su llavero para prestármela), y tuvo que ir donde Fred, un amigo que tenía una herramienta para abrirla, se demoró mucho más de lo previsto, y luego me explicó, el mejor amigo de Fred, su amigo ex presidiario que tenía herramientas para abrir cerraduras, había muerto la noche anterior de una sobredosis, la policía estaba buscando al dealer, ya que al parecer la heroína estaba adulterada, éste al menos, no parecía haber sido una muerte intencional, Jacques y Fred estaban bastante tristes, y yo ya no tuve ninguna duda, me había dado cuenta de que estaba pasando mis vacaciones en la ciudad de los suicidas.

Al otro día no hubo muertos y lo atribuí a que era sábado y descansaban. Fui a cumplir un encargo a casa de unos viejos que vivían a las afueras y que preparaban salchichas con cuscús, estaban hospedando a una señora española y a dos mozalbetes que eran entrenadores de un equipo de futbol infantil, los jóvenes acababan de vivir una situación desagradable, hubo problemas en la casa donde debían quedarse y tuvieron que hospedarse a última hora en casa del primero que se ofreció a darles posada, pero resultó que una vez allá, el huésped en cuestión, que vivía solo en una casa de muy mal aspecto, les hizo proposiciones deshonestas. Los dos jóvenes tuvieron que dormir en la misma cama, con la puerta cerrada con llave, en medio de los dos dormía custodiado el mediocampista del equipo, que tenía 9 años.

Al día siguiente era domingo y fui a una venta de garaje en otro pueblo cercano, ahí tuve el dudoso placer de escuchar a Patrick Sebastien y su baile de la sardina, cuando pusieron a Johny Haliday se terminó mi sentido del humor y me fui, la música popular francesa tiene altos y bajos, y esto ya era demasiado bajo. Unos amigos de Jacques me invitaron a su casa, que quedaba del otro lado de la ciudad, me pusieron a oir música de Mongolia, de Finlandia y de Bulgaria, no lo estábamos pasando mal, estaban los amigos de mi amigo Jacques, otras dos personas de las que nunca me aprendí su nombre y Didier, un muchacho que hablaba un rudimentario español y que nos contó una historia muy sórdida, habían intentado violar a una amiga suya la noche anterior, un tipo la embriagó hasta hacerla perder el sentido, ella tenía recuerdos difusos y uno era que el tipo intentaba quitarle la ropa, y él ya estaba desnudo. Me pregunté si sería el mismo que quizo abusar de los futbolistas catalanes, porque la ciudad era pequeña, Didier había bebido y estaba drogado, nos decía que debíamos ir todos a buscar al violador frustrado y golpearlo, le dieron más bebidas y más drogas y se fue calmando. A las dos de la mañana me dijeron que me quedara y no puse objeción, al otro día salí de la casa a las 11, acompañado por Didier, en medio de la resaca yo no reconocía muy bien donde estaba ni cómo llegar a la casa de mi amigo Jacques a cambiarme, vi una iglesia, pero es que había muchas iglesias en la ciudad de los suicidas. Didier se rió y me dijo que durante siglos fue un pueblo muy religioso, pero que en la actualidad la única religión era el alcohol, llegamos a donde Jacques antes de lo que yo pensaba y Didier se despidió de mí diciendo que debía ir a buscar su coche. Subí las escaleras con una mala sensación, Didier estaba ebrio, no habíamos parado desde la noche anterior, en su estado, podía montarse en su coche y convertirse, de forma accidental o no, en el suicida del día, no supe nada en las siguientes horas, y salí a montar en bicicleta, fui al Sena y tomé fotos de barcos y gaviotas, un carro de policía pasó a mi lado tripulado por dos mujeres morenas, que me saludaron con la mano, en la rivera vi a varias parejas de adolescentes besándose, y a unas jóvenes árabes que fumaban tabaco en un nargil. Luego me senté al lado de una de las vetustas iglesias a dibujar a los transeúntes, unos músicos callejeros rumanos se acercaron a ver mis dibujos, pero aunque me sonrieron sin decir palabra, creo que los frustró que no los estuviera dibujando a ellos. Finalmente, regresé a la casa de mi amigo Jacques, ya muy de noche. A la una de la mañana, Jacques, somnoliento y no demasiado contento, me tocó la puerta, diciendo que estaba al teléfono Didier, que si queríamos salir a hacer algo, estaba deprimido, decía, no tenía amigos. Al parecer, me dijo Jacques, Didier se acababa de pelear con alguien.
-Dile que estoy dormido -contesté.

6.12.2009

Silvia

Yo no veía a Silvia hace 15 años, y estaba igual, no es que se conservara bien y se viera igual, es que ella realmente se quedó viviendo hace 15 años, tenía la misma sonrisa, el mismo peinado y los mismos ojos verdes, cuando Juan dijo lo del asado al aire libre me pareció una idea excelente, a mí que no me gusta salir los fines de semana y no soy especialmente amante de la carne roja. Fue una sorpresa llegar a un parque tan extraño, construido como un espiral, lleno de coníferas y vegetación de un verde tupido y oscuro, aunque fueran inverosímiles los alces de seis metros que encontramos con Silvia, lo cierto es que hacían juego con el paisaje, ella sonreía, se acordaba de todo lo nuestro como si fuera ayer, se burlaba cada vez que yo me ruborizaba recordando mi torpeza de aquel entonces, Juan nos llamó para comer, vimos a uno de los gigantescos alces alejarse y nos acercamos a la parrilla, había una bolsa de carbón negro y otra de un carbón blanco que Juan usaba para atizar el fuego, unos pájaros cantaban, pero no logré aprenderme su canción. Luego nos fuimos del parque, Silvia se despidió de mí con un beso en la boca, Juan me dijo que la llamara, pero nunca lo hice.

6.03.2009

la cruz de piedra

La croix du pierre es falsa, pero no importa, porque la verdadera la tienen unas pocas cuadras más arriba, en un sitio donde jamás he ido. A unos cinco metros de la cruz esta una panadería que me dicen que es muy buena, pero siempre la he visto cerrada, a unos quince metros, en la esquina de enfrente, hay otra panadería que los expertos dicen que no es tan buena, pero en cambio es muy barata y la que atiende es una chica muy bonita, alta y de pelo corto, y con la boca un poco torcida en el buen sentido, pero es que yo también tendría la boca torcida si tuviera que hablar en francés todos los días. Como la panadería acaba de cambiar de dueño la están posicionando y hacen promociones, todos los dulces a un euro, y si compras muchos te los dejan a 75 céntimos, también venden combos muy económicos de sandwiches con gaseosas, pero ésos no los he probado porque no he pasado por esa esquina a la hora del almuerzo, en cambio he pasado mucho más tarde, y entonces el panorama cambia por completo, ambas panaderías están cerradas, un viejo loco pasa gritando y no he logrado entender si declama poemas o le dirige insultos a su señora madre, una prostituta negra vestida de blanco deambula por los callejones y empiezan a salir personajes extraños a la calle. Me dicen que el bar del Arlequín, que queda diagonal a las panaderias, es bastante movido, que es muy ruidoso y que en él siempre se arman peleas entre rumanos, que han comprado algunos apartamentos de la cuadra para manejar su negocio de tráfico de drogas, pero anoche no vi nada de eso porque era martes y estaba cerrado, en cambio, caminando dos locales más alla de la panadería que me gusta, estaba abierto el bar del autobus, que es el bar de Khaleb, y en el bar de Khaleb, uno podía apreciar un espectáculo tan ridículo e insignificante que era enternecedor. Es un bar pequeño, estrecho, todas las luces están encendidas y tiene una jukebox con todos los éxitos de hoy y de siempre, los comensales son todos viejos, hombres y mujeres de más de 45, los tipos son feos, aburridos y adocenados, las mujeres son aun más feas que los hombres, gordas y viejas, bailan solas o intentan sacarlo a bailar a uno los temas house del verano pasado, o tararean las canciones de Renaud que a todos ponen nostálgicos. Khaleb es un tipo amable y a veces sale a la puerta a conversar con los clientes que se fuman un cigarro en la calle porque está prohibido dentro del local, es moreno, unos 55 años, cadena de oro en el cuello y zapatos de punta. Mientras él sale la que despacha las bebidas en la barra es una joven atractiva, menos bonita que la hija de la panadera pero mucho más coqueta, bronceada como Khaleb y con rasgos pronunciados y gratos, me pregunto si le caigo bien por la torpeza de mi acento o porque soy el cliente más joven que ha entrado al bar en semanas. Ella es como la enfermera de todos esos ancianos, y me cuentan que Khaleb hace eso siempre, traer argelinas bonitas recién llegadas al país como centro de atención para que los viejos le compren cerveza barata. En el mostrador veo un objeto tan kitsch que casi quiero comprarlo, una botella de no sé qué licor (la mesera no logra entender mi pregunta) que tiene la forma de la torre Eiffel , hay unos afiches de futbol en la pared y poco o nada más como decoración. Poco a poco los viejos se van marchando, yo también y la mesera nos lanza a mí y a mi amigo un beso con las manos, afuera el viejo loco sigue gritando y seguramente la prostituta encontró algún cliente. La cruz de piedra continua en medio de la calle siendo testigo de todo, lleva siglos haciéndolo.