6.16.2009

almas amputadas

El día que llegué a la ciudad, encontraron el cadáver del panadero de la esquina al lado del río. El panadero había contraído una serie de cuantiosas deudas para remodelar su negocio, comprar un nuevo horno y demás, luego la recesión lo dejó en la bancarrota, y al parecer no quizo afrontar lo que le venía encima. Al día siguiente, el barbero que tiene su negocio dos cuadras más arriba decidió dejar de mentir y le presentó a su esposa a su amante, y le dijo que se iban a divorciar, acto seguido, su mujer subió a la casa, que quedaba en el piso de arriba de la barbería, y se voló los sesos. Al otro día, acompañé a mi amigo Jacques, que se quiere mudar, a ver un apartamento que quedaba a otras tres cuadras, era un apartamento relativamente lujoso, amoblado, con bibliotecas llenas de libros y un montón de cuadros en las paredes, el precio del alquiler se me hizo muy barato, Jacques me explicó que el inquilino anterior se había ahorcado, y que su mujer, que era la que nos mostraba el apartamento, quería alejarse a toda prisa de aquel lugar. Me gustaba ese apartamento, era grande, moderno para la zona en la que estaba, más con un aire de apartamento neoyorquino que de campiña francesa, me recordaba el apartamento donde viven Mia Farrow y John Casavettes en el Bebé de Rosemary. El inquilino suicida era un amante del cine, tenía una colección de viejas cámaras de 16mm, latas de películas, libros de Mario Puzzo, más los dvd de las películas del Padrino, biografías de Hitchcock y de Visconti, pero lo que más me gustaba era que en la pared había un original de Enki Bilal, firmado. Cuando salimos Jacques me pidió que no le contara a su mujer lo del suicidio, me dijo que en ese barrio la mayoría de las casas tenían más de 300 años y que en ellas había pasado de todo, pero no era necesario impresionarla a ella, yo le dí la razón. De todos modos, entiendo que cuando su esposa vio el apartamento no le gustó.

Al otro día Jacques perdió la llave del seguro de su bicicleta (en parte por mi culpa, ya que la había sacado de su llavero para prestármela), y tuvo que ir donde Fred, un amigo que tenía una herramienta para abrirla, se demoró mucho más de lo previsto, y luego me explicó, el mejor amigo de Fred, su amigo ex presidiario que tenía herramientas para abrir cerraduras, había muerto la noche anterior de una sobredosis, la policía estaba buscando al dealer, ya que al parecer la heroína estaba adulterada, éste al menos, no parecía haber sido una muerte intencional, Jacques y Fred estaban bastante tristes, y yo ya no tuve ninguna duda, me había dado cuenta de que estaba pasando mis vacaciones en la ciudad de los suicidas.

Al otro día no hubo muertos y lo atribuí a que era sábado y descansaban. Fui a cumplir un encargo a casa de unos viejos que vivían a las afueras y que preparaban salchichas con cuscús, estaban hospedando a una señora española y a dos mozalbetes que eran entrenadores de un equipo de futbol infantil, los jóvenes acababan de vivir una situación desagradable, hubo problemas en la casa donde debían quedarse y tuvieron que hospedarse a última hora en casa del primero que se ofreció a darles posada, pero resultó que una vez allá, el huésped en cuestión, que vivía solo en una casa de muy mal aspecto, les hizo proposiciones deshonestas. Los dos jóvenes tuvieron que dormir en la misma cama, con la puerta cerrada con llave, en medio de los dos dormía custodiado el mediocampista del equipo, que tenía 9 años.

Al día siguiente era domingo y fui a una venta de garaje en otro pueblo cercano, ahí tuve el dudoso placer de escuchar a Patrick Sebastien y su baile de la sardina, cuando pusieron a Johny Haliday se terminó mi sentido del humor y me fui, la música popular francesa tiene altos y bajos, y esto ya era demasiado bajo. Unos amigos de Jacques me invitaron a su casa, que quedaba del otro lado de la ciudad, me pusieron a oir música de Mongolia, de Finlandia y de Bulgaria, no lo estábamos pasando mal, estaban los amigos de mi amigo Jacques, otras dos personas de las que nunca me aprendí su nombre y Didier, un muchacho que hablaba un rudimentario español y que nos contó una historia muy sórdida, habían intentado violar a una amiga suya la noche anterior, un tipo la embriagó hasta hacerla perder el sentido, ella tenía recuerdos difusos y uno era que el tipo intentaba quitarle la ropa, y él ya estaba desnudo. Me pregunté si sería el mismo que quizo abusar de los futbolistas catalanes, porque la ciudad era pequeña, Didier había bebido y estaba drogado, nos decía que debíamos ir todos a buscar al violador frustrado y golpearlo, le dieron más bebidas y más drogas y se fue calmando. A las dos de la mañana me dijeron que me quedara y no puse objeción, al otro día salí de la casa a las 11, acompañado por Didier, en medio de la resaca yo no reconocía muy bien donde estaba ni cómo llegar a la casa de mi amigo Jacques a cambiarme, vi una iglesia, pero es que había muchas iglesias en la ciudad de los suicidas. Didier se rió y me dijo que durante siglos fue un pueblo muy religioso, pero que en la actualidad la única religión era el alcohol, llegamos a donde Jacques antes de lo que yo pensaba y Didier se despidió de mí diciendo que debía ir a buscar su coche. Subí las escaleras con una mala sensación, Didier estaba ebrio, no habíamos parado desde la noche anterior, en su estado, podía montarse en su coche y convertirse, de forma accidental o no, en el suicida del día, no supe nada en las siguientes horas, y salí a montar en bicicleta, fui al Sena y tomé fotos de barcos y gaviotas, un carro de policía pasó a mi lado tripulado por dos mujeres morenas, que me saludaron con la mano, en la rivera vi a varias parejas de adolescentes besándose, y a unas jóvenes árabes que fumaban tabaco en un nargil. Luego me senté al lado de una de las vetustas iglesias a dibujar a los transeúntes, unos músicos callejeros rumanos se acercaron a ver mis dibujos, pero aunque me sonrieron sin decir palabra, creo que los frustró que no los estuviera dibujando a ellos. Finalmente, regresé a la casa de mi amigo Jacques, ya muy de noche. A la una de la mañana, Jacques, somnoliento y no demasiado contento, me tocó la puerta, diciendo que estaba al teléfono Didier, que si queríamos salir a hacer algo, estaba deprimido, decía, no tenía amigos. Al parecer, me dijo Jacques, Didier se acababa de pelear con alguien.
-Dile que estoy dormido -contesté.

1 comentarios:

C. dijo...

¡uf! Muy bueno.