3.29.2025

LA BODA DE AFELANDRA




La vendedora de la calle del yeso me dijo que se llamaba cebra, y tenía sentido, porque las hojas tenían rayitas. La planta estaba a mitad de precio porque la tienda estaba por cerrar. La vendedora me explico que era demasiado trabajo, que prefería venderlas desde la casa. Me dio una pequeña tarjeta que tenía su dirección de instagram donde subíaa tutoriales de cuidados para las plantas. Cuando llegué yo a mi casa busqué en google, el nombre en latín era Afelandra. Al día siguiente, cuando Alejandra llegó, a ayudarme con mis comics, no pude evitar llamarla así. Hizo una cara muy rara, como de que no le gustaba que le pusieran apodos, pero que ése no le molestaba del todo, cuando le dije que así se llamaba la planta le dio risa.

Pero otro día la llamé así y se molestó "llámame por mi nombre", dijo. Ella no me había contado que se había casado, imagino que se imaginaba que la iba a criticar, pero la verdad es que si me hubiera invitado a la boda hasta le habría llevado un regalo. Me parece innecesario que, en el siglo 21 las personas firmen papeles para legalizar que viven juntas, pero no soy quién para juzgar las costumbres de los demás. Al fin y al cabo, a mí me gustan los comics y algunas películas de zombies, y ya no soy un adolescente. El caso es que Alejandra tenía unos cambios de humor intempestivos, que solo después supe que se debían a sus problemas matrimoniales.

Debían ser las 3 de la mañana cuando Alejandra/Afelandra me escribió preguntando si podía venir a mi casa. Me preocupé por la hora, era seguro que nada bueno podía haber pasado para que tuviera que venir justo en ese momento. Salí del apartamento y bajé a la puerta a esperarla, llegó un taxi y creí que era ella, pero no, era Pedro, el de la panadería que llegaba a esa hora a trabajar e hizo un montón de chistes aludiendo al hecho de que yo aparentemente había bajado a recibirlo. A Alejandra la vi desde la esquina caminando hacia mí. Llevaba un vestido bonito, se notaba que venía de una fiesta, o algo así. Subimos, y me dijo, con un tono muy dramático: "podemos hablar?". Hice señas de que la escuchaba y empezó a contarme todo. Se había casado con un muchacho con el que andaba desde hace tiempo. Fue una boda súbita, e íntima. La notaria, en un acto de generosidad, les compró una botella de champaña en el D1. "Pero ese champán no es malo, aunque sea barato", dije, por hacerme el simpático. Alejandra no se rió. Como ella me lo contaba asumí que él se había casado para que le dieran la ciudadanía o algo así, pero no se lo quise decir. 

Habían peleado, Alejandra decía que era el final, pero era obvio que no lo era. Había venido su suegra, desde Venezuela, y no se habían llevado bien. Me costaba imaginar a Alejandra con suegra, me la imaginé como la suegra de Pedro Picapiedra en versión latinoamericana, y me costó mucho aguantar la risa mientras Alejandra me contaba su melodrama. Nos quedamos hablando hasta que amaneció y un poco más. Ella se paró preocupada y miró la planta, "tiene piojos", dijo. Y era verdad, las hojas de la afelandra tenían unos piojos blancos diminutos. Pasé un buen rato limpiando las hojas con servilletas. Como a las nueve de la mañana Alejandra se fue, a reconciliarse con su marido. Yo bajé a acompañarla y compré dos empanadas donde Pedro, que me sonrió con picardía al ver a Alejandra con su vestido de fiesta, subiéndose a un uber. No lo quise aburrir contándole la verdad. 

La afelandra se mejoró de los piojos y creció frondosamente. Alejandra no se mejoró.

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